ciclismo
Como niño, pasado el Mundial de Fútbol de 1994, fui a obsesionarme con este deporte. Poco me duró, porque casi al año ya lo había cambiado por la bicicleta. Sería por las estadísticas del ciclismo, que me atraían, por lo que comencé a tragarme todas las carreras del que muchos consideran un deporte aburrido.
Con 12 años no se me pasaba por la cabeza practicarlo. A mis padres tampoco, como supe meses después cuando me lo planteé. Sí, fui uno de esos niños que se lanzaban a pedir el capricho, solo que en lugar de una moto, solicité a mis protectores un bicicleta de carreras con la que colmar mis ansias de paisajes en movimiento. A pesar del profundo no, me dediqué a conformarme con la pequeña y de moda BMX.
El control parental terminó rompiéndose años más tarde. Todavía recuerdo a mi madre cuando tras 5 horas de bici me esperaba en la puerta de casa amenazando con rajar las ruedas de la bici. La exageración se convirtió en costumbre. Comencé a obsesionarme con las subidas y las distancias, con encontrar el puerto más duro, con permanecer más horas sobre la bici. En 1999 escalé más de 50 veces Abantos. En mis ratos libres me dedicaba a elaborar gráficos como este, del Puerto de la Fuenfría.

Era una carrera conmigo mismo por escalar lo que en otros tiempos me parecía imposible, y hacerlo con el mayor desarrollo posible. Años más tarde, ya en un equipo, comprendí que el ciclismo es algo más que eso, y que para subir de forma no es necesario romperse los ligamentos contra los muros.
Han transcurrido los años, y no puedo evitar seguir enganchado. Aun con menos tiempo, aun en solitario, sigo obsesionado con encontrar otras cimas, y disfrutando con la metáfora de que cada dificultad física de este deporte, no se diferencia tanto de una peripecia dramática. Hay quienes les gusta mirarlas desde fuera, a pesar de que el protagonista de la historia sufra. Sin embargo, la forma más efectiva de identificación con un personaje es sentirlo tú mismo en tus propias carnes, en un punto de unión entre el cuerpo o lo físico, y el alma que lo domina.

