Donde viven los monstruos: Spike Jonze y Kafka

Spike Jonze ha vuelto para ponernos los pelos de punta. Donde viven los monstruos (Where the wild things are) era uno de mis estrenos más esperados, que no me ha defraudado, pero eso sí, jamás me hubiera esperado un cuento así. Las críticas hablan de que Jonze sin Charlie Kaufman ha bajado el listón. Ni mucho menos, pero ocurre que el director se ha internado en el peligroso terreno de aumentar la dosis de esfuerzo, paciencia y reflexión por parte del espectador, y para colmo, hay que pensar en nuestras vidas con 11 años. De lo contrario, nos aburriremos. Y es una pena, porque lo que se nos plantea es escalofriante.
Superado el primer escollo que ya conocemos de Jonze, que es el cruce entre ficción y llamémoslo metaficción, el nuevo reto se centra en la puesta en escena de una historia demasiado simple, sin objetivos aparentes. Eso es lo que nos creemos. Yo conseguí ser engatusado. Preguntarme más motivos de lo normal, buscar relaciones, y sobre todo, acordarme de mis 11 años. No qué hacía por entonces, si no qué me rondaba por la cabeza por entonces. En fin, una fórmula que a mí me ha funcionado, pero que al sano consumidor de palomitas puede traerle una mala digestión.
La película resucitaba miedos, para mi el terror mental se iba poco a poco imponiendo. Hipnotizado, caí en la trampa. El momento cúspide, clímax del filme, se supone poderosísimo, y es de los momentos en que más sucio me he sentido delante de una pantalla.
Y por supuesto, uno de mis puntos a favor, es Catherine Keener. Que lo diga yo de mi actriz favorita lo convierte en casi mentira, pero es prácticamente perfecta. Estoy enamorado, lo confieso.

La propuesta de Jonze no es bella, como podrían ofrecernos los amantes de la fotografía cinematográfica. La satisfacción a la salida del cine tampoco se consolida. Es más bien, y caigamos en la pedantería, una satisfacción tétrica. La versión libre de La metamorfosis de Kafka, o al menos, una plasmación similar, de un relato que nos llena de miedo ante lo complicado de la existencia, comenzando por nuestros propios monstruos.
Estereotipos: Catherine Keener, Donde viven los monstruos, Franz Kafka, Spike Jonze, Where the wild things are

A mi no me ha gustado nada… maniquea y con una moraleja de mierda al final: se bueno y tendrás tu tarta de chocolate.
el puto niño no aprende ni se da cuenta de lo hijodeputa que es. Solo se pira por miedo a que le partan a él el brazo… y Carol tampoco, los buhos de kw no van a vivor con ellos nunca… y la piña seguira esperando otro rey,,.
asquerosa…
Disney lo hace mejor.
Te copio mi bilis, eso sí, para poder ver el inicio alternativo que planteo, tendrás que pasarte por mi antro:
Este cuento que tanto ha gustado a un sector del público me ha retorcido las tripas por ser la hora y cuarenta minutos más pesadas que he sufrido en una sala cine en mucho tiempo.
El niño, Max, es un hijodeputa cabrón maltratador de animales y personas, caprichoso, egoista. Destructivo. Se siente solo. Pobrecito. Se enfada con su hermana, otra que tela. Y le fastidia un rollo a su madre, porque solo él puede follársela (complejo de edipo que se intuye en esa escena y que se confirma al final) y chilla porque no le gusta la comida de maiz congelado y acto seguido la muerde en el hombro. Ok. Ya lo tenemos bien claro: Max es un cabrón de niño y merece morir.
Y entonces huye, llora, viaja y visita una ensoñación con árboles, desiertos y playas donde ve su ser fragmentado en varios monstruos, tan egoistas, impacientes, malos e inmaduros como él, un niño, a fin de cuentas.
Durante toda la película niño y monstruos no hacen nada más que cosas caprichosas, salvajes y egoistas. Max no aprende nada, no evoluciona, no comprende. Carol no se lo come al final, vale, pero no aprende, ni evoluciona ni comprende: ‘la piña’ seguirá esperando otro Rey que puedan comerse y que quede claro que los buhos de KW no podrán vivir con ellos.
Así que el niñito se va a su casa, no porque haya visto en Carol el reflejo destructivo de lo que hizo antes de marcharse y haya aprendido la lección, ¡¡sino que se pira por patas porque teme por su vida!!
Y al llegar a su puta casa la superada de su madre en lugar de ponerle a comer el maiz que no le gusta al ‘niñito sibarita de familia desestructurada’ y cruzarle la cara por el susto que les ha dado… ¡¡va y le premia con una tarta de chocolate!! ¡¡El colmo!!!
Moraleja usa americana que tanto gusta a los liberales: haz el bien para recibir premios.
Tócate los huevos: Disney lleva contándonos estos cuentos durante décadas… y mejor.
Estoy casi de acuerdo en todo, excepto en el matiz fundamental.
Para mi no existió el final moralista, sino la tragedia
Efectivamente, es la historia de un hijo de puta manipulador, y de la pobre víctima Keener
ahora bien, no veo tanto el 1+1 de Max como ganador bueno, el final feliz, aunque claro, es el matiz de la intención
¿Quiso Jonze moralizar sobre las veleidades del hijoputismo y brindarnos ese final del triunfo del niño de La Profecía?